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DIOS ENAMORA EL CORAZÓN

Del santo Evangelio según San Mateo 4,18-22

El llamado a los primeros discípulos: En aquel tiempo, mientras Jesús caminaba a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pe
dro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron”. Palabra del Señor.

REFLEXIÓN

Cuando el Señor viene a nuestra vida, cuando pasa por nuestro corazón, siempre te dice una palabra y también esta promesa: “¡Ve adelante… ánimo, no temas, porque tú harás esto!”.

 Esta es una invitación a la misión, una invitación a seguirlo a Él. Y cuando sentimos este segundo momento, vemos que hay algo en nuestra vida que no va, que debemos corregir y lo dejamos, con generosidad. O incluso si hay en nuestra vida algo bueno, pero el Señor nos inspira a dejarlo, para seguirlo más de cerca, como ha sucedido aquí: estos han dejado todo, dice el Evangelio. “Y arrastradas las barcas a la tierra, dejaron todo: ¡barcas, redes, todo! Y lo siguieron”

Sin embargo, Jesús no pide que se deje todo por un fin que permanece oscuro a quien ha elegido seguirlo. Al contrario, el objetivo es declarado inmediatamente y es un objetivo dinámico, Jesús jamás dice «¡Sígueme!», sin decir la misión. ¡No! “Sígueme y yo te haré esto”. “Sígueme, para esto”. “Si tú quieres ser perfecto, deja y sigue para ser perfecto”. Siempre la misión.

Nosotros vamos por el camino de Jesús para hacer algo. No es un espectáculo ir por el camino de Jesús. Vamos detrás de Él, para hacer algo, es la misión.

Promesa, petición, misión. Estos tres momentos no tienen que ver sólo con la vida activa, sino también con la oración. Mientras tanto una oración sin una palabra de Jesús y sin confianza, sin promesa, no es una buena oración.

Segundo, es bueno pedir a Cristo estar listos a dejar algo y esto predispone al tercer momento, porque no hay oración en la que Jesús no inspire algo que hacer.

Es una verdadera oración cristiana sentir al Señor con su Palabra de consuelo, de paz y de promesa; tener el valor de despojarnos de algo que nos impide ir rápidamente en su seguimiento y tomar la misión. Esto no quiere decir que después no haya tentaciones. ¡Habrá tantas! Pero, mira, Pedro pecó gravemente, renegando a Jesús, pero después el Señor lo perdonó. Santiago y Juan… pecaron de afán de hacer carrera, queriendo ir más alto, pero el Señor los perdonó”. (Homilía en Santa Marta, 5 de septiembre de 2013)

 

ESTAR-VIVIR DESPIERTO…

La llamada que Jesús nos hace a todos es:

«Levántense», anímense unos a otros. «Alcen la cabeza» con confianza. No miren al futuro solo desde tus cálculos y previsiones. «Se acerca su liberación». Un día ya no vivirán encorvados, oprimidos ni tentados por el desaliento. Jesucristo es su Liberador.

Pero hay modos de vivir que impiden a muchos caminar con la cabeza levantada confiando en esa liberación definitiva. Por eso, «tengan cuidado de que no se turbe la mente». No se acostumbren a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar su vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Ese estilo de vida les hará cada vez menos humanos.

«Estén siempre despiertos». Despierten la fe en sus comunidades, en sus hogares, en sus trabajos. Estén más atentos a mi Evangelio. Cuiden mejor mi presencia en medio de ustedes. No sean comunidades dormidas. Vivan «pidiendo fuerza». ¿Cómo seguiremos los pasos de Jesús si el Padre no nos sostiene? ¿Cómo podremos «mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre»? (Extraido de Pagola)

el vendedor de humo

EL MIEDO, UNA ENFERMEDAD Y PECADO CÍNICO DE NUESTRO TIEMPO

Es natural que tengamos algo de miedo, sobre todo a los desafíos y a la novedad, a nuevas personas o relaciones, a nuevos lugares y realidades, etc. 
El “miedo” del que hablo ya no es natural, sino una enfermedad contagiosa y perniciosa. En la actualidad, social y personalmente hablando tenemos miedo de la pobreza, por eso robamos y queremos tener más y más; tenemos miedo a ser ignorados u olvidados, por eso hablamos de más y publicamos cualquier cosa en las redes; tenemos miedo del hambre, por eso comemos en exceso, muchas veces “comida chatarra”; tenemos miedo a la realidad que nos rodea, por eso nos drogamos y embriagamos; tenemos miedo a ser tomados por débiles, por eso gritamos y agredimos al que se cruza por nuestro camino.

Tenemos miedo de no ser amados, por eso somos infieles metiéndonos con todo el mundo y con cualquiera; tenemos miedo de la soledad y el silencio, por eso hacemos ruido y escuchamos música estridente; tenemos miedo al amor sincero y real, por eso preferimos novelas e historias de amor, que de real no tiene nada; tenemos miedo a ser libres, por eso nos acomodamos e instalamos en lugares, cargos, puestos, títulos y utilizamos personas; tenemos miedo a la verdad, por eso mentimos y engañamos descaradamente;  tenemos miedo a ser marginados y excluidos y perseguidos por defender el bien común y la justicia, por eso no decimos nada al ver las injusticias y la corrupción en todos los rincones…en realidad, “tantos miedo engaños y farisaicos”. 
Esta enfermedad del miedo que lleva al sin sentido no tiene otra cura que en Jesús. Por ello, invito a leer y reflexionar, las palabras de Jesús de Nazaret en Mt. 5, Mt. 23 y Mt. 25, 31. En el interior del hombre resuena insistentemente el AMOR. El amor perfecto y verdadero echa fuera el temor y libera de la esclavitud.  

NO ENCIERRES EL AMOR

Érase una vez un pájaro, adornado, con un par de alas perfectas y plumas relucientes, coloridas y maravillosas. En fin, un animal hecho para volar libre e independiente, para alegrar a quien lo observarse. Un día, una mujer lo vio y se enamoro de él. Se quedó mirando su vuelo con la boca abierta de admiración, con el corazón latindole de prisa, con los ojos brillantes de emoción. Lo invitó a volar con ella, y los dos viajaron por el cielo con completa armonía. Ella admiraba, veneraba, adoraba al pájaro.

Pero entonces pensó: Tal vez quiera conocer unas montañas distantes!! Y la mujer tuvo miedo. Miedo de no volver a sentir nunca más aquello con otro pájaro. Y sintió envidia de la capacidad de volar del pájaro. Y se sintió sola. Y pensó: Voy a poner una trampa. La próxima vez que el pájaro venga, no volverá a marcharse.

El pájaro, que también estaba enamorado, volvió al dia siguiente, cayó en la trampa y fue encerrado en la jaula.

Todos los días ella miraba al pájaro. Ahí estaba el objeto de su pasión, y se lo enseñaba a sus amigas, que comentaban: “eres una persona que lo tiene todo”. Sin embargo, empezó a producirse una extraña transformación: como tenía al pájaro, ya no tenía que conquistarlo, fue perdiendo el interés. El pájaro, sin poder volar ni expresar el sentido de su vida, se fue consumiendo, perdiendo el brillo, se puso feo y ella ya no le prestaba atención, excepto para alimentarlo y limpiar la jaula.

MORALEJA

El verdadero amor no es posesivo, no exige nada, sino que se entrega sin condición, sin razón, (se ama, porque se ama, no porque haya una razón para amar) y libremente. “La verdadera libertad consiste en tener lo más importante del mundo sin poseerlo”. “El amor no está en la otra persona, sino dentro de nosotros mismos y necesitamos del otro para que despierte”.


Uno entrega su amor libremente a otra persona, pero no con el fin de poseerlo, pues no somos, su esclavo o su amo, o un objeto que se pueda comprar, usar y tirar. Somos seres con una capacidad enorme de amar y de manifestar amor hacia los demás, sin esperar nada. El que da debe de ser capaz de recibir.

QUE DIOS TE SOSTENGA Y GUARDE

He aquí una bella oración de bendición

Que el camino salga a tu encuentro, que el viento siempre esté detrás de ti, que la lluvia caiga suave sobre tus campos.

Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga con el puño de su mano.
Que vivas por el tiempo que tú quieras, y que nunca quieras vivir tanto como vives.


Recuerda siempre olvidar
las cosas que te entristecieron,
pero  nunca te olvides de recordar
las cosas que te alegraron.

Recuerda siempre olvidar a los amigos que resultaron falsos, pero nunca olvides recordar a aquellos que permanecieron contigo.


Recuerda siempre olvidar los problemas que ya pasaron, pero nunca olvides recordar las bendiciones de cada día.

Que el día más triste de tu futuro
no sea peor que el día más feliz de tu pasado.
Que nunca se te venga el techo encima
y que los amigos reunidos debajo de él, nunca se vayan.

Que siempre tengas palabras cálidas en un  frío anochecer, una luna llena en una noche oscura, y que el camino siempre se abra a tu puerta.

Que haya una generación de hijos en los hijos de tus hijos.
Que vivas cien años, con un año extra para arrepentirte!
Que el Señor te guarde en  su mano
y nunca apriete mucho tu puño.

Que tus vecinos te respeten,
los problemas te abandonen,
los ángeles te protejan,
y que el cielo te acoja,

Que la fortuna de las colinas … te abracen,
que las Bendiciones de San Patricio te contemplen,
que tus bolsillos estén pesados y tu corazón ligero,
y que la buena suerte te persiga.
“…”

Que Dios esté contigo y te bendiga, que veas a los hijos de tus hijos, que el infortunio sea pobre, rico en bendiciones. Que no conozcas nada más que la felicidad desde este día en adelante.
Que Dios te conceda muchos años de vida, de seguro Él sabe que la tierra no tiene suficientes ángeles. Amén.
(Oración Irlandesa)

LA ALEGRÍA DE SERVIR

Entonces los justos le preguntaran: Señor ¿cuándo te servimos…? Cuando lo hicieron con uno de mis hermanos más pequeños… (Mt. 25, 30-46)


Muchas veces se siente el peso del servicio realizado, la fatiga, el cansancio, porque el auténtico servicio implica por entero al que lo realiza, le exige por entero… y eso cansa, tensiona, fatiga. Sin embargo, por el tipo de cansancio también podemos descubrir la autenticidad o no del propio servicio realizado. Porque hay un cansancio que es amargura, y hay un cansancio que es felicidad.

Cuando me acerco al otro en una actitud de servicio, me encuentro no con un objeto pasivo que necesita de mí, sino que me encuentro ante una persona con sus propios intereses, sus proyectos, su ritmo. Eso cansa. Cuánto más sencillo sería si el otro se adaptase a mí. Tengo tan claro lo que él necesita, que solo haría falta que siguiera mis instrucciones. Pero no es así. Pretender eso sería deformar al otro según mi proyecto, sería querer hacerlo a mi «imagen» en lugar de ayudado a crecer desarrollándose en su originalidad única. Por eso no sería servicio, sino dominación. Pero cansan tanto sus aparentes contradicciones, sus marchas y contramarchas, sus proyectos para mí descabellados. ¡Cansa tanto aceptar sus ritmos, tener paciencia, seguirlo por su propio camino en lugar de llevarlo por el mío!


A ese cansancio que surge de la tensión por el verdadero respeto a los demás, se le suma otro: el cansancio que nace de la aparente inutilidad del propio esfuerzo. ¡Tantas horas, tanta esperanza, tanto cariño puestos al servicio de los demás, y los resultados no se ven! Uno muerde el freno de la frustración, de la inutilidad de todo lo realizado. Los otros, la realidad, la sociedad, no parecen cambian.No parecen darse cuenta de todo lo que uno apuesta a ellos, no parecen crecer, ni siquiera parecen quererlo. A pesar de todas las carencias materiales y/o espirituales que tienen, parecerían estar cómodos así. No despiertan, no reaccionan, no perciben siquiera nuestro propio testimonio; incluso, a veces, parece fastidiarlos. Es la experiencia del sembrador que tras una paciente y sufrida labor de cuidado de la tierra no ve brotar siquiera un tallito de lo sembrado, sino únicamente suyos.


Las vueltas de la vida son complejas y difíciles para quien opta por vivir el amor en el servicio a los demás. No le faltaran pruebas y tentaciones, porque el camino del amor es una rosa con muchas espinas. A quien asume los anteriores cansancios, otros se le agregarán, como lo es el desagradecimiento.Uno ha entregado lo mejor de sí, ha tenido paciencia ha luchado contra la desesperanza propia y ajena; ha visto como el otro crecía en parte gracias al aporte que uno le ha hecho… y como recompensa recibe el no-reconocimiento, el desagradecimiento, y tal vez incluso, el rechazo. Aquí termina el romanticismo del servicio. ¡Cuánto daría uno por un simple «gracias»!Pero nada. Como hubiera sido en una transfusión de sangre directa, uno ha entregado su propia vida por la vida del otro… y el otro le retribuye con el desplante. Se siente la bronca, y el cansancio nos inunda. Hemos ayudado a crecer, y ahora que no nos necesitan, nos olvidan, nos abandonan. Sin nuestro apoyo tal vez no hubiera podido salir adelante, y ahora el otro cree y se ufana de haberlo hecho solo.


Uno se siente víctima de la injusticia. Realizo su servicio no buscando el reconocimiento y la alabanza, pero ahora uno siente que ha sido utilizado, ya que ha estado en las duras y ha sido olvidado en las maduras.

A esos tres cansancios se suma el que nace de uno mismo. La vejez, la enfermedad, el agotamiento; los propios límites personales en inteligencia, en capacidad de comunicación, en fuerza física y síquica; son otros duros escollos que se interponen en nuestro camino de servicio. No son menores: uno quiere entregarse y choca con uno mismo, uno quiere ser útil a los demás y no encuentra en sí los medios, uno tiene su propio ideal de servicio pero no llega.

Y no me refiero aquí a la realidad de pecado, de egoísmo, de comodidad… que también son parte de cada uno de nosotros. Hablo solo de los propios límites que objetivamente tenemos. Fastidia, cansa, agobia chocar contra las paredes de esta habitación que soy yo. ¡Cómo quisiera albergar más gente, alegrar más corazones, apoyar más crecimientos! En cierta forma incluso, cada vez puedo menos. Mi corazón es más grande que yo mismo, él crece y mis fuerzas disminuyen. Esto también supone una forma de cansancio muy real, muy directa. El cansancio es inevitable en quien asume el servicio como estilo de vida. Será compañero de camino toda su vida. Sin embargo este cansancio puede ser amargo o puede ser alegre. No se trata de simple optimismo y esperanza de futuro, por más que sean esenciales, se trata de otra cosa.


Hay una forma de encarar el servicio, de modo muy sincero y altruista, que consiste en considerar al otro (especialmente al que más me necesita, al más pobre, a mi «prójimo») como digno de la mayor atención, y por tanto, digno de mi servicio. Es más, se trata de llegar a considerar al otro como más importante que yo mismo, y por tanto, merecedor de serle dedicado mi tiempomi esfuerzo, mi cariño, mi vida. Esto es verdadero servicio, y solo así podrá ser un servicio liberador.
Es verdad también que en todo esto necesito la fuerza de voluntad para poder contrarrestar las tendencias internas y estructurales que me impulsan a la indiferencia y a la pasividad, y al encerrarme en mí mismo. Sin embargo, el problema aparece cuando asumo el servicio de manera voluntarista, como una obligación ética que me exige sacrificarme por los que me necesitan. Es un problema, porque la mera fuerza de voluntad tiene sus límites, se va agotando, le pesa el cansancio, y siente la tentación de buscar un acomodo.
En esa situación de agotamiento de la propia fuerza de voluntad es que saltan cuestionamientos que vienen desde lo más profundo de uno mismo. ¡Se me terminó la paciencia y no banco más! ¿Por qué tengo que respetar el ritmo de los demás, sino respetan el mío? ¿Para qué tanto trabajar si no hay respuesta, si no se ven los frutos? ¡El esfuerzo que hago es desproporcionado! ¡Me usan! ¡Quiero ser servicial y se aprovechan! ¡Lo justo sería que yo trabaje lo mismo que los demás! Me voy haciendo viejo, soy menos romántico y menos ingenuo, ¿no me habré equivocado de camino’? ¿No será mejor ser más «normal», como «todo el mundo», y pensar más en mí mismo? El servicio así vivido es un esfuerzo constante, un sacrificio, una negación de sí mismo. Es en función de los demás, cierto, pero no deja de ser una negación de sí mismo. Por eso agota. Y una vez terminado el entusiasmo inicial, el cansancio lleva a una amargura frustrante. El servicio que se apoya fundamentalmente en un «deber», por verdadero que éste sea, se apoya en las propias fuerzas, y a la larga es un servicio que aniquila al servidor.


Un servicio que se vive únicamente como un «dar» y un «darse», frustra. Pero hay otra forma de vivir el servicio. Nace del mismo Evangelio y por eso es impulsada por el Espíritu Santo.Cuando Jesús, en su última cena, quiere dejarles su «testamento» a sus discípulos, realiza el lavado de pies como signo de la actitud evangélica que debe guiar la relación con el prójimo: el servicio. Y añade; “mi mandamiento es este: que se amen unos a otros como yo los amo a ustedes” (Jn 15,12), El servicio se constituye así en el termómetro del verdadero amor. El servicio a los demás hasta la entrega de la propia vida, es un mandato inapelable de Jesús, es el criterio del Juicio, es el elemento central de discernimiento del actuar del verdadero discípulo de Cristo.Sin embargo, Jesús acababa de decir: “todo esto se los digo para que participen de mi alegría y sean plenamente felices” (Jn 15,11). Y esa es la clave del llamado que Jesús nos hace a cada uno de nosotros para seguirlo: que alcancemos la plena felicidad.

El mandato del servicio y la entrega personal hasta dar la vida, es muy claro y terminante. Sin embargo no surge por la necesidad de «cumplir» con una obligación ética, ni por obedecer la arbitraria voluntad de alguien superior, sino que se trata de seguir el camino de la felicidad. Dios no nos quiere como «servidores» (“ya no los llamo servidores” sino amigos” – Jn 15,15), no nos llama en primer lugar para que «hagamos cosas buenas», ni para que «construyamos su reino», ni para que «instauremos la justicia», sino que nos llama a ser felices. Lo único, absolutamente lo único que quiere Dios, es nuestra propia felicidad y por eso nos da lo mejor que tiene: su amor compañero: el Espíritu; y su camino: el servicio al prójimo. “Igual se siente el cansancio”. Cierto, pero no amarga. Porque lo primero que busco en el servicio no son los resultados sino el servicio mismo. El servicio deja de ser un sacrificio, una negación de mi mismo en favor del otro. Por el contrario, el servicio se convierte en una alegría, en un encontrarme conmigo mismo, en un descubrir fuerzas, carismas y potencias que yo mismo desconocía en mi. Servir no es tanto «dar la vida» como el «encontrarla» (cfr. Lc 9,23-26).


Sirvo por amor al otro, y solo así es verdadero servicio, pero en primer lugar sirvo por amor a mí mismo. Lo impactante es que en el auténtico servicio ambos amores no se oponen, porque el amor a mí mismo no es egoísta, sino que es verdadero, y por tanto, generoso. No utilizo al otro, porque realmente el otro me interesa y a él le brindo mi vida, pero paradojalmente con que más le entrego de mí, más me encuentro a mí mismo. Por eso, al servir no busco resultados (aunque no dejen de interesarme mucho), no persigo reconocimientos (aunque también me gratifiquen), no me aplasto por mis crecientes limitaciones (aunque me cuesten asumirlas), sino que busco servir porque en el mismo hecho de servir soy feliz. Ya no comparo esfuerzos, porque he descubierto que el que menos se esfuerza, incluso el que se pretende «vivo» al garronearme, ni se da cuenta de lo que se está perdiendo nada menos que la posibilidad de vivir feliz.


Obviamente no se trata de la felicidad y de la paz manifiestas y patentes que inicialmente uno busca, sino que se trata de esa alegría serena y profunda que es capaz de vivirse incluso en la cruz. No es alegría por «haber hecho lo que debía», sino alegría por «haber sido yo mismo», por «haber vivido de verdad», porque vivir de verdad es servir. Esa es Buena Noticia para los hombres, es Evangelio, porque Dios mismo es feliz amando, y ama sirviendo. Así como el servicio concreto es el termómetro del amor auténtico, de igual modo la Alegría es el termómetro del verdadero servicio.




HACER CUENTA DE QUE SOY SEGUIDOR DE JESUS

En mi caminar me he encontrado con muchos cristianos o llamados cristianos. Algunos de éstos participan en ritos o cultos litúrgicos, van a misa los domingos cuando le da la gana, llevan flores supuestamente para el Señor, enciende velas en los altares porque hay mucha oscuridad, hacen altares o procesiones llenas de colorido, dan limosna con moneda falsa, llevan ropas sobrantes o viejas para los pobres, hacen obras sociales llamando la atención, etc. Otros, ni siquiera eso. Al ver tanto “teatro y movimiento”, me acerco a algunos y les pregunto: ¿por qué haces esto o aquello? Sin pensarlo mucho me responden: “por el Señor o para el Señor”. Me quedo admirado de “tanta generosidad” y me digo ¿tan poca cosa se merece Dios, el prójimo? ¿Es eso lo que agrada a Dios o es solo el gusto de la gente? ¿En eso consiste la identidad cristiana?


Reflexionando bien, creo que un no cristiano o un pagano lo hacen mejor, si es consciente.  Con ello no quiero minusvalorar y desconsiderar la sinceridad y el compromiso auténtico de algunos cristianos. Éstos me animan mucho, me fascinan.  En medio de esta realidad compleja puedo decir, quizás subjetivamente, que amar y buscar a Dios no es una forma de adquirir bienes y poderes que nos libren de todo mal por medio de doctrinas y filosofías concebidas por la mente humana; no es preparar altares y ritos complicados para pedirle a Dios salud y riquezas con ofrendas de algo que no es nuestro, sino que nos ha sido dado por Él; no es una licencia para continuamente cometer errores para luego arrepentirnos esperando ser perdonados para ser liberados de los cargos de conciencia; no es el medio apropiado para justificar cualquier abuso o imposición alegando que es para el bien de Dios; no es una excusa para inculpar a los demás por que no hacen lo que queremos.


Amar y buscar a Dios es la única forma de alcanzar nuestro mejor sentimiento amando todo lo creado por Dios; es el medio más seguro de aprender cómo lograr el amor entre los hombres y la paz universal; es la única vía para alcanzar el amor y la verdadera imagen del hombre como criatura divina; es el arma más poderosa para vencer la envidia, el egoísmo, la indiferencia y el odio entre los hombres y aprender a ser hermanos “sin distingos” en el Espíritu Santo de Dios; es una visión del mundo donde comprendemos que Dios es perfecto y que todo cuanto ocurre es perfecto y no lo cuestionamos, sino que aceptamos y aprendemos todo aquello que Dios nos asigna como enseñanza, sea agradable o doloroso, practicando y haciendo nuestro  su Voluntad.


En consecuencia, analicemos con mayor realismo, sinceridad y cariño nuestro modo de amar y buscar a Dios, nuestro modo de ser cristiano. No pretendamos escudarnos detrás de Dios, sino procuremos ser lo que somos sin tantos engaños e hipocresías. 



PIENSA BIEN ¿A QUIÉN HARÁS FALTA?


Ahora que ya morí que sucede? No entiendo, solo sentí un dolor fuerte en la cabeza, mareos y ahora estoy tan confundido. Que pasa? por que mi esposa corre y llora.

“… dicen que morí, pero no, estoy aquí. Pero ellos no me ven y no puedo abrazarlos. Oh ya veo, están trasladando a alguien en una carroza fúnebre, soy yo mismo: ¡qué extraño!.

Veo a mi familia con gran dolor: todos lloran. Yo solo veo. Ya no siento dolor ni tristeza. Es como ser un espectador. Pasan los días, mi familia regresa a casa sin mí, les dejo un gran vacío.

Ya alguien ocupa mi puesto de trabajo. Todo vuelve a ser como antes, corren, atienden llamadas, hacen pagos, envían documentos, firman planillas, en fin es como si nunca hubiese faltado yo, que bien, algunos compañeros se acuerdan de mi a ratos y lamentan que ya no esté. Sin embargo en mi familia el vacío persiste. Mi esposa llora, está confundida. No sabe cómo hacer sin mi. Mi hijo pequeño pregunta: ¿Dónde esta papá? Mi esposa le dice:  “está en el Cielo”. 
Mi hija mayor acaba de comprender dolorosamente lo que es la muerte, no deja de llorar, no quiere ir a clases, no se puede concentrar, tampoco come. 
Mi perro se paró en la puerta y de ahí no hay quien lo saque, come, bebe agua y regresa a su puesto de espera.
Pasa el tiempo, mi hijo cumple cuatro años y yo no estoy, él se aferra a su mamá, se ha vuelto tímido y retraído, no hay una figura paterna para él, ya papá no está…
Mi hija ya de 11 años casi no habla, a veces su mama la encuentra llorando, bajo mucho las notas y no muestra interés por nada.
Mi querida esposa, con toda la carga sobre sus hombros, la responsabilidad de dos hijos pequeños. Tiene que sonreír a los niños para darles fortaleza.

Ya pasaron siete años y todo sigue igual: en casa el vacío, la tristeza; en la empresa donde trabajaba ya nadie me nombra y todo sigue igual sobre la marcha.

Sabes ¿qué dijo el forense? Que morí por stress. En mi cerebro se reventó una vena por una subida de tensión que me dio, cuando me llamaron de mi trabajo y me dijeron que de los 10 camiones que solicite solo llegaron siete. Y todo acabo…
Ahora me doy cuenta que para la empresa que trabajaba siempre era uno más, completamente reemplazable en cualquier momento, pero para mi familia era único e irreemplazable.

RECUERDA:
Por favor, dedícate a lo que realmente es importante. Todos necesitamos un trabajo que nos ayude a cubrir nuestras necesidades básicas personales y familiares, pero no te entregues totalmente a la empresa aunque tengas cargo alto, sino entrégate a tus seres queridos (a tu familia). Besa a tu esposa, abraza a tus hijos, llama a tus amigos, habla con Dios, habla contigo mismo, etc.
Recuerda: Harás falta a tu familia, a la empresa no. Así que demuéstrale (a tu esposa e hijos y amigos) tu amor, no con dinero, sino con detalles y gestos de amor.

¿CON QUIÉN ME CASARÉ?

Muy pronto… este tema para todos los jóvenes…

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